Por qué acaba el amorMotivos para que una pareja se rompa, hay muchos. Aunque seguramente el más frecuente sea el fin del amor para, al menos, uno de los miembros de la relación. Todos deseamos amar y ser amados. Sin embargo, muchas relaciones afectivas terminan convirtiéndose en sinónimo de rutina, conflicto y sufrimiento.

 

A pesar de nuestras buenas intenciones, muy pocas parejas logran mantener encendida la llama del amor con el paso del tiempo. Dejar de amar a una persona es tan poco explicable como enamorarnos de ella. El descubrimiento de ese repentino desamor es una experiencia dolorosa que nunca resulta fácil de manejar.

 

Lo que resulta más impactante para la mayor parte de las personas que dejan de amar, es que no siempre se encuentra una explicación clara y lógica para lo que sucede. Algunas veces, desde luego, hay razones muy evidentes para dejar de amar a una persona, pero en muchas otras, no hay explicación lógica para lo que sucede. En ellas el desamor resulta tan caprichoso y tan inexplicable como el amor.

 

Escuchamos muchas respuestas como: bueno, dejamos de amarnos y ya! Otros contestan poniendo infinidad de excusas como las finanzas, la familia, desacuerdos constantes. Otros argumentan cosas más serias como maltrato verbal o físico, abuso emocional, abandono.

 

Otros porque no se entienden y no se cumplen las expectativas que tenían sobre su cónyuge. Muchos matrimonios continúan viviendo juntos por necesidad, conveniencia, razones religiosas, etc., pero viven una vida amargada porque se consideran atados(as) a una persona que ya “no aman”.

 

Muchos especialistas piensan que en realidad el amor no se acaba: va cambiando de características. Lo que pasa es que todavía tenemos la imagen del amor de la primera hora, del enamoramiento, que no es amor, sino un estado cuasi patológico donde uno imagina un otro tal como lo desea, tal como lo sueña. El enamoramiento es tan poderoso y mandante que muchos seres humanos siguen confundiéndolo con el amor, y en nombre de él toman las peores decisiones, por ejemplo, casarse.

 

Pero a los dos años, no mucho más, cuando se apaga la última brasa, sobreviene la ruptura. Las parejas se separan sin saber de lo que se trataba. Del encantamiento viene el desencantamiento; en ese punto, la persona empieza a ver al otro tal como es.

 

El amor tiene edad: en un primer momento está muy ligado a la pasión, a la atracción física y a las coincidencias y, si uno evoluciona libremente, no acordándolo siempre con el otro -algo que también termina a la pareja-, si sigue cambiando, habrá puntos de desencuentro pero también puntos de encuentro, si uno reconoce sus propios cambios y los cambios del otro. A veces son cambios afines y a veces no lo son.

 

Si el proceso de cambio es sólo de una de las dos partes y la otra cree que seguir todo igual y detener el proceso del tiempo es la manera de amar, eso no da resultado: llevará a una crisis de la que puede haber un reencuentro o una disolución total. Toda evolución de pareja debería ir ligada profundamente al concepto de libertad, y “libertad” quiere decir evolucionar con el propio ritmo.

 

Ya estamos muy lejos de la teoría de la media naranja y del amor como fuente de sufrimiento o como anulación del propio yo para poder complementarse con el otro. Hoy, el amor es una construcción que se va haciendo entre dos personas que no pierden unicidad, que no pierden ser uno: son “uno más uno”, pero no “uno en uno”.

 

Algunas de las razones más comunes por las que el amor se acaba, aparte de la que ya hemos comentado de que se suele confundir el enamoramiento con el amor en sí, son siempre muy variados y juntos se convierten en un cóctel explosivo que, cuando estalla, deja a los dos miembros de la pareja sumidos en el rencor, el desconcierto y la infelicidad.

 

No hay un único elemento que desencadene la ruptura; por el contrario, hay muchas pequeñas gotas que al principio no traspasan la venda con que nos ciega el enamoramiento pasional, pero que, poco a poco, van llenando un vaso que finalmente, acaba por desbordarse.

 

Hay quienes arrastran heridas emocionales de su niñez o de relaciones pasadas y las llevan al matrimonio. Si tú o tu pareja tienen heridas del pasado que aún no han sanado, es vital buscar ayuda profesional. Es imposible tener una relación saludable y armoniosa si no estás sano emocionalmente. No quieras experimentar la misma pasión y deseo que tuviste al principio. Es normal no sentir el mismo deseo sexual después de los primeros años. Esto no significa que “el amor se acabo”.

 

Amar es una decisión que tomas cada mañana cuando te levantas. Los matrimonios deben tener propósitos en común. Si tu meta es ahorrar para emprender un negocio, mientras que tu pareja quiere comprar un bote, ten por seguro que habrá problemas grandes. Cuando ambos tienen sueños por separado, cada cual se enfoca lo suyo y, poco a poco se van alejando. Es preciso que encuentren intereses similares y los compartan. La clave para minimizar las peleas es tener una excelente comunicación, y parte de la comunicación es dejarle saber a tu pareja las cosas que te incomodan.

 

Muchas frustraciones en el matrimonio son debido a que las personas se callan lo que no les gusta y un día estallan. Cuando hay comunicación los problemas no escalan fuera de control. Desde el principio expresa tus temores, expectativas y frustraciones. Se aguanta menos, hay más facilidades para separarse, se confunde enamoramiento con amor…, y también, indudablemente, influye el hecho de que nuestro tipo de sociedad favorece la aparición de individuos con el síndrome de Peter Pan, es decir, que prolongan sus rasgos infantiles de egoísmo y falta de compromiso hasta bien entrada la madurez. Esa infancia anormalmente larga hace que se conciba la pareja como un compañero de juegos o, incluso, como un juguete. Cuando se estropea, deja de interesar.

 

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